AUTOPSIA DE IRAQ

LAS SANCIONES: OTRA FORMA DE GUERRA
Imagen de cubierta: AUTOPSIA DE IRAQ
Price: 23,00€
Disponible
Libro de la Distribuidora: 
Coleccion del libro: 
Idioma: 
Castellano
Número de páginas: 
560
Dimensiones: 210 cm × 130 cm × 0 cm
Fecha de publicación: 
2007
ISBN: 
978-84-96327-36-8

Brillante y esclarecedor testimonio del antiguo Coordinador Humanitario de Naciones Unidas en Iraq: ?Se trata de una lectura necesaria e inmensamente triste, con lecciones cruciales también para el futuro?, ?uno de los libros más importantes que recuerdo?, en palabras de Noam Chomsky y John Pilger, respectivamente. PRESENTACIÓN: UN HONORABLE FUNCIONARIO La ocupación de Iraq ha hecho olvidar el largo período de sanciones económicas que sufrió el país desde agosto de 1990 hasta su derogación el 22 de mayo de 2003, inmediatamente después de culminada la invasión. Impuestas por el Consejo de Seguridad (cs) de Naciones Unidas (nnuu) tras la ocupación iraquí de Kuwait, el régimen de sanciones no se levantó una vez liberado el emirato. Las sanciones fueron renovadas por el CS al término de la denominada Guerra del Golfo de enero-febrero de 1991 por medio de la resolución 687. Iraq debía cumplir tres condiciones impuestas en el alto el fuego: su desarme estratégico, el reconocimiento de la soberanía de Kuwait y el pago de todos los daños y perjuicios causados a particulares, empresas y Estados por la crisis ocasionada con su invasión de Kuwait el verano anterior. Según el entonces Secretario General de Nnuu, Butros Butros-Gali, Iraq quedó sometido a partir de entonces «al más intrusivo [sistema] desarrollado nunca en el campo del control internacional de armas».1 Sólo a finales de 1996 pudo Iraq, de manera limitada y bajo control del organismo internacional, reanudar sus exportaciones de petróleo, tras la entrada en vigor del programa humanitario coloquialmente denominado «Petróleo por Alimentos». Con ello se pretendía aliviar el grave coste humano que estaban provocando las sanciones en Iraq. El recuerdo más intenso del Iraq de aquellos años es el del olor a gasolina. Parece una cruel ironía que en un país que, cuanto menos, alberga las segundas reservas petrolíferas del planeta sus niños murieran a causa de enfermedades y de desnutrición, mientras los suelos de sus hospitales se fregaban con gasolina diluida en agua debido a que el cs prohibía la importación de cloro o detergentes, posibles componentes de armas químicas. O que, incluso, durante el período de aplicación del programa Petróleo por Alimentos, los lapiceros escolares estuvieran prohibidos por el organismo internacional por cuanto su mina de grafito era susceptible de utilizarse para la fabricación de explosivos: lapiceros era lo único que pedían los niños iraquíes a los escasos extranjeros que viajaban al país cuando lograban zafarse de la vigilancia de los adultos, a quienes avergonzaba sobremanera que pidieran nada. El impacto humanitario de las sanciones económicas sobre la población de Iraq fue terrible. Como datos sintéticos de aquel largo período, cabe recordar que los indicadores económicos y sociales del país retrocedieron a la época previa al inicio de la comercialización del petróleo, en la década de 1950, y que la esperanza de vida de los iraquíes se redujo de los 66 a los 57 años en solo una década, un hecho inédito en poblaciones humanas modernas, consecuencia, esencialmente, de la multiplicación por dos de la tasa de mortalidad infantil y por cinco de la materna. De la noche a la mañana el empobrecimiento de la sociedad iraquí fue absoluto, con sus dominantes capas medias de funcionarios y profesionales, cualificados y secularizados, hombres y mujeres destinados a promover el cambio democrático en el país, hundiéndose en la miseria. En 1990 un dinar iraquí correspondía a más de tres dólares; durante los peores años de sanciones, la primera mitad de los años 90, un dólar equivalía a 1800 dinares. El coste de una caloría alimenticia se había multiplicado por 500, mientras que los sueldos de los funcionarios se devaluaron en un 80%. Solamente el eficaz sistema de aprovisionamiento alimentario puesto en marcha por el gobierno iraquí en el verano de 1990 ?elogiado por Nnuu? impidió que la hambruna fuera generalizada, aunque el país registró el mayor retroceso mundial en desnutrición infantil. Este escenario de crisis humanitaria no fue únicamente el resultado de unas sanciones económicas que impedían a Iraq no solo exportar petróleo, sino, igualmente, desde los excelentes dátiles que producían sus palmerales a los electrodomésticos y medicamentos básicos que fabricaba una economía ciertamente diversificada. Fue, asimismo, el resultado de la devastación ocasionada durante los 42 días de bombardeos a los que se sometió el país de extremo a extremo durante la Operación Tormenta del Desierto de 1991, una intervención cuyo objetivo formal era liberar Kuwait de la ocupación iraquí y restituir en sus poltronas principescas a los miembros de la familia as-Sabah. Con esta Operación, la coalición multinacional causó premeditadamente una destrucción de la infraestructura civil iraquí cifrada en 22000 millones de dólares, según un informe de Nnuu.2 Las sanciones fueron un arma de destrucción masiva, «otra forma de guerra», como se titula este libro en su versión original. Según las Agencias especializadas de Nnuu, la prolongación durante 13 años de las sanciones económicas costaron al pueblo de Iraq un millón y medio de muertos, de ellos 600000 menores de cinco años. Lo aquí narrado es, sencillamente, la letra pequeña de ese crimen de genocidio cometido premeditadamente por algunos gobiernos y tolerado por el resto de la denominada «comunidad internacional». El libro de Hans C. von Sponeck tiene la virtud esencial de explicitar, de narrar pormenorizadamente, circunstancias que, en la mayoría de los casos, se podrían considerar una mera fabulación, aquellas a las que fueron sometidos durante más de una década de sanciones inclementes 23 millones de seres humanos. Durante aquellos largos años, estos hechos fueron considerados, en la mayoría de los casos, una exageración o propaganda del régimen de Saddam Husein, o, cuando se llegaba a aceptar su verosimilitud, hechos cuya responsabilidad correspondía en exclusiva a los dirigentes iraquíes. Así lo señala von Sponeck en su libro: Los datos que no encajaban con la estrategia de Estados Unidos y el Reino Unido de debilitar a Iraq bajo las sanciones eran desestimados, cuestionados o rechazados como información inadecuada de la onu o propaganda iraquí. (pág. 166) En su calidad de Adjunto al Secretario General de Nnuu, Hans C. von Sponeck llegó a Bagdad el 8 de noviembre de 1998 para hacerse cargo de la dirección de la Oficina del Coordinador de las Operaciones Humanitarias en Iraq de Naciones Unidas (unohci), la estructura establecida por el organismo internacional para la gestión del programa Petróleo por Alimentos. A la llegada de von Sponeck a Iraq este programa llevaba prácticamente dos años funcionando y las sanciones económicas impuestas por el CS, más de ocho.

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AUTOR/A

SPONECK, HANS VON

Hans Christof Graf von Sponeck was born 1939 in Bremen, Germany, the son of Hans Graf von Sponeck. He served as a UN Assistant Secretary-General and UN Humanitarian Coordinator for Iraq. In 1957 he was one of the first conscientious objectors in the Federal Republic of Germany. He studied history, demography and physical anthropology in Germany and the United States and joined the UN Development Program in 1968, working in Pakistan and elsewhere. In 1988, he was admitted to the Order of Saint John (Bailiwick of Brandenburg), the Protestant chivalric order to which his father, too, had belonged.<BR><BR>After Denis Halliday resigned as UN Humanitarian Coordinator for Iraq in October 1998, von Sponeck took over, heading all UN operations in Iraq and managing the Iraqi operations of the Oil-for-Food program.[1] Von Sponeck together with Jutta Burghardt, head of the UN World Food Programme in Iraq, resigned in February 2000 for the same reason as Halliday, to protest UN's Iraq sanctions policy. Von Sponeck and Halliday wrote an article in The Guardian explaining their position, accusing the sanctions regime of violating the Geneva Conventions and other international laws and causing the death of thousands of Iraqis.<BR><BR>He was equally critical of the "smart sanctions" policy a couple years later: "What is proposed at this point in fact amounts to a tightening of the rope around the neck of the average Iraqi citizen. The so-called 'new' sanction policy maintains the old bridgeheads of the current sanction regime: the oil escrow account remains with the UN, market-based foreign investment in Iraq will not be allowed and an oil-for-food program stays in the hands of the UN."<BR><BR>In June 2005 he served as an expert on the World Tribunal on Iraq, convened in the spirit of the Russell Tribunal.<BR><BR>His earlier work as a resident representative in Pakistan and elsewhere, led to him becoming, like Halliday, a highly respected figure within the UN. After his resignation, he sought funds for his anti-sanctions work from firms seeking to do business with Iraq. His actions came under some scrutiny from the Paul Volcker Committee, which held that he had not broken any rule, but recommended tightening the rules.<BR><BR>Von Sponeck was awarded the 2000 Coventry Peace Prize by Coventry Cathedral and the City of Coventry, the 2000 Humanitarian Award from the American-Arab Anti-Discrimination Committee and the 2003 Bremen Peace Award of the Threshold Foundation. He is a member of the World Future Council.<BR><BR>wikipedia